Me alejé de Dios
Me alejé de Dios
“Somos
hermanos de Temuco (Chile), y hemos leído todas vuestras revistas. Queríamos
hacerles una sugerencia: ¿Podrían poner una palabra para los jóvenes que creen
en Dios, pero se han alejado de sus caminos?”
Esta
carta la recibimos el 10 de diciembre pasado. Por esos mismos días recibimos
otro e-mail de un joven que nos decía: “He dejado de asistir a mi congregación;
quiero pedir que me lleven en sus oraciones.”
¿Qué
está pasando con los jóvenes creyentes?
Si
pudiéramos hacernos oír por ti, que nos escribiste, o por ti, que estás en una
situación similar, te diríamos con todas nuestras fuerzas: “¡Estás en un grave
peligro! ¡Vuélvete al Señor, inmediatamente!”. Sin embargo, nuestro grito, por
desesperado que fuese, no lograría infundir el temor que se debe tener ante un
peligro así; a lo más haría que nos creyeses locos.
Pero,
¿qué harías tú frente a un hombre ciego que camina derecho hacia un precipicio?
¿qué harías tú ante un automovilista que corre, en una noche oscura de
temporal, en dirección a un puente cortado? El peligro que enfrenta un joven
creyente que se ha alejado de Dios no es menor; al contrario.
No
se trata simplemente de que alejándote de Dios pierdas el gozo y la paz, sino
se trata de que estés en peligro de perder tu vida.
Cuidado con
los ‘rápidos’
¿Conoces
los rápidos? Hay en Chile, a unos cien kilómetros de Temuco, unos famosos
rápidos, los rápidos del río Trancura. Muchos turistas vienen de todo el mundo
a disfrutar la emoción de lanzarse en unas pequeñas embarcaciones por una
corriente avasalladora, evadiendo a duras penas las rocas y el peligro de
volcamiento. La emoción es fuerte, y quienes las buscan, sin duda que las
encuentran allí. Sin embargo, estos rápidos no revisten mayor peligro, porque
los participantes llevan puestos los equipos de emergencia, y porque al final
de la ruta están las aguas del lago Villarrica, mansas y tibias, que reciben a
los excitados aventureros.
La
corriente del mundo es –especialmente para ti que eres joven– como un rápido.
Te ofrece fuertes emociones y está muy ‘en la onda’. Sin embargo, a diferencia
de los rápidos del Trancura, la corriente del mundo no tiene resguardos para un
cristiano, no hay allí chalecos salvavidas, ni hay un remanso al final del
camino. Los ‘rápidos’ de la corriente del mundo tienen un final abrupto y
violento, más parecido al de las cataratas del Niágara que a las del río
Trancura. Tú no caes como sobre una alfombra, sino ¡ay! te estrellas
violentamente sobre las rocas, en las puertas mismas del infierno.
El peligro de
perder la vida
¿Por
qué hemos dicho que si te apartas de Dios estás en peligro de perder tu vida?
La juventud es, amado joven creyente, la edad de las grandes decisiones. Lo que
tú elijas ahora te seguirá para toda tu vida. Sea en el plano sentimental, sea
en el plano laboral. En casi todo lo que hagas cuando seas adulto, estarás
determinado por lo que hiciste (o no hiciste) cuando eras joven.
He
aquí una cosa asombrosa: a la inexperiencia de la juventud, la vida le exige la
sabiduría de la vejez para la toma de decisiones atinadas. ¿Quién aconsejará en
ese momento? ¿Los padres? No, y aunque lo hicieran, si la sabiduría no está en
el corazón del joven, los padres poco podrán hacer para suplirla. Los consejos
de los padres, por sabios que sean, no hallarán eco en el joven a menos que
dentro de él esté la
Sabiduría. ¿Aconsejarán los pastores? Si el joven está lejos
de Dios no buscará el consejo de un pastor. Su círculo de amigos le parecerá
mejor que el más sabio consejero, aunque su fin sea la muerte misma.
Si
eliges mal la esposa (o el esposo); si eliges mal tu profesión, y después
quisieras servir al Señor, encontrarías un estorbo difícil de superar. La única
posibilidad de no equivocarte en estos importantes asuntos es volviéndote al
Señor (antes de que sea tarde) para que Él sea tu sabiduría. Hemos conocido
jóvenes que amaban al Señor y tempranamente quisieron servirle; sin embargo,
fueron estorbados más tarde, en forma permanente, por una esposa incrédula o
por un trabajo asfixiante.
La oveja y el
cerdo
Pero
hay otro peligro, no menos grave que el anterior: Es la vuelta al pecado y a la
inmundicia.
Cuando
un hombre se acerca a Dios se aleja del pecado, pero cuando se aleja de Dios se
acerca peligrosamente al pecado. Siendo un hijo de Dios, y habiendo conocido la
santidad, se ve envuelto en las costumbres de los que no conocen a Dios. ¿Cuál
será allí su satisfacción? Allí se sentirá muy desdichado. Una oveja y un cerdo
reaccionan de manera diferente en el fango. Un cerdo que se mete en él gruñe de
satisfacción y se enoja si intentan sacarlo. Una oveja, en cambio, no va a
estar feliz allí, porque no está en su elemento. Va a luchar hasta que logre
salir de él.
Un
joven lejos de Dios está muy próximo a caer en el barro, a ensuciar sus ropas.
Allí no va a disfrutar del sucio placer mundano, porque el Espíritu Santo le
redargüirá. No está bien con Dios, pero tampoco estará bien en el mundo. Su
suerte será muy desdichada mientras no vuelva a Dios.
Lo que se
siembra, se siega
Las
Escrituras afirman: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo
que el hombre sembrare, eso también segará.” (Gál. 6:7). La juventud es una
época de siembra. Muchos pecados cometidos en la juventud tienen su cosecha de
muerte el resto de la vida. Un hijo concebido en la soltería, un accidente
físico, un exceso moral, etc, todo ello es una siembra que traerá
inevitablemente una cosecha.
Muchos
traumas psicológicos que llevan los adultos son el efecto de una dura
experiencia juvenil, de un pecado largamente acariciado. Sin embargo, tú puedes
sembrar también una buena semilla. La sensatez, la cordura y la sabiduría de
Dios pueden guiarte eficazmente para no errar el camino. Tu vida adulta puede
tener la paz y el reposo que dan las decisiones sabiamente tomadas cuando tú
estás en paz con Dios.
Advertencia e
invitación
¿Cuál
es, entonces, la palabra para los jóvenes que creen en Dios, pero se han
alejado de sus caminos? Es, fundamentalmente, una palabra de advertencia.
Pero
no es sólo eso. Es también una palabra de invitación.
Tú
no necesitas hacer méritos antes de acercarte a Dios. Dios sabe que tú no
puedes mejorarte a ti mismo, ni tampoco acercarte a él cuando tu corazón está
frío y duro.
Pero
le puedes hablar sinceramente y decir lo que realmente sientes. Dile que has
pecado, que no puedes contigo mismo, que si Él no te ayuda, estarás perdido.
Dile sin rodeos todo lo que pasa en tu vida y pídele ayuda.
La
sangre de Jesucristo está a tu favor, y el Abogado que tienes en los cielos
defenderá tu causa. (1ª Juan 2:1).
Si
lo haces con sinceridad, recibirás socorro. Dios es tan misericordioso y fiel a
su Palabra, que la única manera de no ser ayudado es no pidiendo ayuda.
Con
todo, recuerda: Si dejas fuera de tu vida a Dios, entonces las consecuencias
pueden ser muy trágicas, y sobre todo, perderás la seguridad, el gozo y la paz
que sólo Dios puede dar.
Un
siervo de Dios, C. H. Spurgeon dijo: “Si no estás buscando al Señor, el diablo
te está buscando a ti.” Y el diablo, que vino para hurtar, matar y destruir, no
te busca para hacerte bien. El Señor Jesús, sin embargo, vino para darte vida,
y vida en abundancia. (Juan 10:10).
El
Salmo 91:1: dice: “El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra
del Omnipotente”. ¿Estás tú bajo el alero de Dios o estás a la intemperie,
expuesto a todos los peligros?
Tú
sabes que Dios te ama. Esto es una verdad preciosa para ti, ¿verdad? Sin
embargo, si tú le has vuelto la espalda, ¿cómo podrá Él defenderte? Si no te
quieres poner bajo el abrigo del Altísimo, ¿cómo morarás bajo su sombra?
De
ti depende el lugar donde estar. Que el Señor te conceda la gracia para buscar
refugio en el Señor Jesucristo.
Deseamos
que tú, cuando seas adulto, puedas decir con el rey David:
“Porque
tú, oh Señor Jehová, eres mi esperanza, seguridad mía desde mi juventud. En ti
he sido sustentado desde el vientre; de las entrañas de mi madre tú fuiste el
que me sacó; de ti será siempre mi alabanza.” (Salmo 71:5-6)
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